Este mes, debía estar marcado únicamente por el cumpleaños N°3 de la Poti. Mi madre esperaba estar lista para la fecha que habíamos acordado, pero seguía malita en el hospital. Había mejorado, pero la condición de ella pudo más que los esfuerzos médicos. El fallo renal, que provocó la indigestión y vómitos previos, hizo que la recuperación fuera infructuosa, durante seis semanas que estuvo internada, pudimos vernos al menos. Y la vi con dificultades de todo tipo, pero fui con toda la intención de ayudarla a mejorar, la atendí lo mejor que pude, le hice saber que la estábamos esperando ansiosos en casa, sobretodo mis niños que querían ver a su "lela" cada vez que íbamos a casa de mis papás.
El último día que la vi fue el domingo 26 de julio, durante la hora de almuerzo, ella estaba con restricción total, ni agua podía tomar debido al sangrado de esófago que padecía de principio a fin de su estancia en el hospital. En un principio, no se le había dado tanta importancia al dolor de pecho que recuerdo haber notado la primera vez que fui a verla, no podía comer, según ella, tomaba agua, pero no podía eliminar el líquido. Fue una lucha constante entre alimentarla, hidratarla, moverla, hacerla descansar, que durmiera, se esforzara con los kinesiólogos. Yo sé que se esforzó, quizás al inicio no se tenía fe o quería ser mimada solamente, se dejó ser frágil con nosotros, su familia que la cuidamos, pero nunca sabremos si sabía con antelación si sabía ella que no saldría otra vez del hospital. El día que quiso vernos para "despedirse" tuve un miedo imposible de explicar, al día siguiente, pacientemente, me junté con mi papá a pedir explicaciones tanto de ella como de los doctores. Los profesionales se dirigían a mí preferentemente y les expliqué a mis viejos que estaba más fuera de peligro que dentro, que la UCI era en caso extremo, la última opción. Ella tenía miedo, no quería llegar a eso y le dije que estuviera tranquila, que saldría de aquí, recuerdo su mano aferrada a la mía. La sentía, sentía todo de ella, en sus ojos veía el terror, ella no estaba lista para partir. Llegó el domingo que le íbamos a celebrar a la Poti. Llegué chascona y desarreglada, no tuve tiempo para bañarme antes de verla ni arreglarme apropiadamente, como me esmero en los cumpleaños, me dejo siempre para el final. Tenía un orzuelo en el ojo derecho y fue lo primero que me miró y me preguntó qué me pasó, atiné a decirle que "ahora tenía dos caras" y me tapé la mitad con una mano y luego, la otra tratando de sacarle una sonrisa. Este día no respiraba con dificultad, lo tomé como una buena señal, pero no dejaba de preocuparme lo débil y cansada que se veía, le hablé de los niños, de los preparativos del cumpleaños, le conté que el día anterior había hecho un brazo de reina -nunca me había atrevido a intentarlo, pero lo hice recordando su anécdota con su amiga de infancia y se les había olvidado enmantequillar la bandeja- y quería que ella probara mi mano, así que la animé a que se mantuviera paciente y fuerte para que pudiéramos pronto celebrarle juntas a la Poti en casa. Luego de un silencio, le acaricié la frente y el pelo, le dije que no sabía si le gustaba que le tocara el pelo, porque siempre me dijo que no le gustaba que la tocara nadie a menos que sea mi papá y suavecito me dijo "da igual", no me impidió hacerle un nanai y tuve la necesidad de preguntarle si acaso crería en el amor incondicional, me dijo que sí, luego pregunté "¿sabes que eres querida aunque no puedas hacer nada útil ahora mismo?, no necesitas tener una función más que existir" y mi voz se cortó mientras ella me replicaba que "cómo me van a querer así" y entre el llanto le dije "sí, no necesitas hacer nada más, sólo ser nuestra mamá" y me soltó un "te amo", le agarré la mano, me incliné para que tocara mi cara y le dije "tu te amo es el único que he querido escuchar en la vida, de nadie más" y me pidió disculpas por provocarnos este mal pasar, le reclamé que daba lo mismo, que nunca fue molestia cuidarla, "lo único que nos frustra es que estí tan frágil", solté. Traté de detener las lágrimas, porque no quería que fuera una visita triste, así que le dije que quería tanto abrazarla, que se recupere en calma, paso a paso para que no decayera de nuevo y me dijo que también quería abrazarme que "cuando saliera nos íbamos a abrazar todos juntos en casa". No pudo. Lunes, colegio, niños, casa y un deseo ir a ver a mi mamá. No pude. Me dije que tal vez podría ir a la hora del desayuno, mi cuerpo me pedía ir hacia mi mamá y no lo hice. El martes 28 de julio sentí una pesadez en el cuerpo, para mí, totalmente inexplicable, me levanto para preparar el desayuno, atender a los niños, Martín no fue al colegio por la lluvia e Ignacio pidió teletrabajo. A las 10:03 am devuelvo una llamada a mi papá mientras me miraba en el espejo del comedor. Entre maldiciones, un "se nos fue", el primer segundo no me creo lo que escucho y me desvanezco entre las sillas diciendo que "no, me estai webiando". Nunca había llorando con tanto dolor en el pecho y angustia, asusté a Martín que me preguntaba qué pasó, el Ignacio fue a abrazarme entendiendo la situación y la Poti a lo lejos mirando sin comprender nada. Martín volvió a preguntar y miré al Ignacio buscando aprobación, pero no dijo nada así que decidí por mí y le dije "mi mamá murió". No había manera de embellecer la verdad y no tenía cabeza para explicar con otras palabras, se fue en silencio a su pieza y le confié los niños a mi pareja para ir volando al hospital, pensando en todo el camino que fue un error, que hablan de otra paciente. En la entrada la guardia ensombreció su cara al decirle el nombre de quien iba a ver y no me registró, sólo me dejó entrar y fue mi confirmación. Subí el ascensor con entereza porque sabía que debía hablar con el doctor a cargo, mientras buscaba a mi madre, no noté que estaba en la misma camilla de siempre cubierta por una sábana, se veía vacía por lo delgada que estaba y lo pequeña que siempre ha sido. No quise acercarme hasta que me hablara el médico a cargo. Paro cardio respiratorio. Su cuerpo no resistió más debido a la sangre que no dejaba de botar. Pregunté si acaso de haber aceptado ir a la UCI, se habría salvado y me contestó con mucha mesura en sus palabras que por lo desnutrida que estaba la habríamos perdido ahí. Le agradecí y me permitió acercarme, destaparla si quería y dejar despedirme. La miré inerte con la venda que le ponen para que no queden con la boca abierta y llorar era mi único fin, porque la despedida, no pude, mi despedida no era para siempre, era hasta una próxima vez, porque tenía que verla esta semana, el domingo que la vi, le dije que "si llovía, los niños estarían en casa con el Ignacio y podría ir a verte", iba a cumplir con mi palabra, pero ya no estaba. Me acurruqué a su lado y escondí mi cara en su cuello tratando de retener lo poco y nada que había de ella, olía a hospital, ahí ya no estaba mi mamá. Aún así le dije "mamá" y nunca me imaginé que iba a doler tanto llamar a alguien y saber que no va a atender mi llamado nunca más. Sus ojitos directos y sinceros cerrados. Le besé la mejilla aún tibia o, al menos, eso quise creer, crucé mi brazo sobre su pecho como queriendo darle calor, pero mi mente decía "ya no está aquí" y mis lágrimas no pararon de caer. "Mamá te extraño, te necesito, no estoy lista para esto" en vano en sus oídos.
Mamá, te habría gustado el cumpleaños de la Poti, teníamos galletitas de gatito, pancitos con huevo duro y mayo, aceitunas, pie de limón, kuchen de durazno y una torta que tuve que hacer yo a falta de tus manos, los trozos que comí los días posteriores fueron amargos. Con pena la comida no sabe igual. No pude mostrarte ni las fotos de ese día. La Poti estaba muy feliz. Perdóname por no haber hecho más por ti y por haber entendido tarde tu historia.

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