Enero y Febrero: de amigurumis a playa, arena y el sol


    El año, lo empecé trabajando para una feria. Tejí un montón y tuve suerte de vender mucho, siento que estos días se vieron marcados por cierta sensación de incertidumbre a propósito del nuevo gobierno que venía ad portas en marzo. Por otro lado, tuve oportunidad para hacer manualidades que llevaba meses postergando, con tiempo disponible para llenar el alma al cien por ciento. También, cachurié harto, encontré tesoros que he ido ubicando en sus respectivos lugares con destino inventado o predicho. A veces, entre pensamientos, imagino y reversiono mis espacios para hacerlos más acogedores y especiales, entonces cuando encuentro alguna pieza que, generalmente, aparece de la nada, es de verdad EL hallazgo, sólo algunas personas comprenden mis travesías por ferias, coleros y el Bio.

    Además de poder regalonear a los niños, pudimos ir al Acuario del Parque O'Higgins, Martincito, llevaba meses queriendo llevarme y pudimos, por fin, cumplir. Ese día, estuvo particularmente muy rico, pisar pasto y oír pájaros en medio de la bulla típica de la ciudad, es un respiro del alma. Nos faltaba salir de la capital y tenemos la bendición de tener donde llegar en el sur que es de lo que van estas fotos. Mi ex suegra nos recibió en Coronel y, a pesar, de haber ido sólo por una semana, supimos aprovechar cada minuto entre museos, playas, paseos, compras y viajes costeros. Tengo montones de fotos, pero he seleccionado tanto para instagram como para el blog, lo mejor de lo mejor. En caso de perder mis fotos, al menos tendré el vestigio guardado online. Tema recurrente de toda mi vida, por robos de celular o fallas de los mismos, he decidido dejar recuerdos por aquí.


    Un día, recorrimos un pequeño bosquecito entre casitas y un humedal hermoso, en uno de los caminos encontramos una mata gigante de moras y siento que fue muy lindo, de alguna manera, transmitir mis momentos de la infancia a mis hijos, de cuando viajaba con mi abuela a la sexta región a visitar familiares, nos llevaban a recoletar verduras y frutas, es lo que más atesoro: sencillez entre animales y plantas. Precisamente, esa vez que fuimos a un cerro por moras, la recuerdo vívidamente y le contaba al Martín que había quedado atrapada entre las ramas y las espinas, le enseñé a agarrar las moras sin lastimarse, pero fue inevitable que se pinchara.


    En fin, creo que Martín y yo nos conocimos en nuevas facetas dentro del agua cuando visitamos las playas, nos gusta demasiado mojarnos y jugar con las olas. Ahora, entiende que debe tener precaución con el mar y aprovechar el sol, porque cuando se va, el frío cala profundo. La Poti, en cambio, disfrutó la arena -tan bebé la porota-. Estoy, eternamente, agradecida por la hospitalidad y la amistad de la Vero, la abuela del sur.

Rachel.-

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